Un taller de innovación es una lotería, pueden salir ideas fantásticas o puede implosionar y ser una experiencia inesperadamente frustrante.
Parte del disparador imaginativo de nuestro cerebro son las emociones. Bajo el influjo del optimismo y la liviandad se despiertan la curiosidad, el ánimo de aprendizaje y surgen ideas y alternativas inesperadas. Cuando domina el escepticismo y el miedo nuestras ideas se estrechan y nos volvemos cínicos.
Hay una solución para mejorar las probabilidades: diseñar la previa.
En nuestra próxima sesión de pensamiento creativo llevemos caramelos (en serio), y los repartimos antes de empezar (con una sonrisa, obviamente) y todos los ánimos se van a ir emparejando hacia un modo colaborativo.
No es milagroso, al contrario, es casi científico. Un mimo para el alma y azúcar para el cerebro.
Inspirado en: “Emotional Design” de Don Norman

