El pensamiento de primer orden es rápido y simple, ocurre cuando resolvemos el problema inmediato, el que nos está acosando ahora mismo. El pensamiento de segundo orden es más deliberado y en muchos casos puede no haber antecedentes, simplemente especulación respecto de las potenciales consecuencias de lo decidido en el primer caso.
El branding es un pensamiento de segundo orden porque requiere que analicemos propósitos, evaluemos contextos y prometamos lo posible.
La “fórmula” sería:
VALORES > PROCESOS > ACCIONES = RESULTADOS
Valores = promesa
Stephen Covey decía que el hombre es el único animal que entre el estímulo y la reacción cuenta con el privilegio (si se entrena para ello) de la reflexión. Esa pausa es la diferencia entre “elegir un nombre” o hacer branding. En este sentido el branding es un proceso que está constantemente “siendo”. Como dice mi amigo Damián Martínez Lahitou de Feedback: “lo importante no es storytelling sino story being”. Ya que el “telling” llega por añadidura.
Equipo + procesos
Lo cual me lleva al área del “hacer” de la organización y la necesidad de “ser la marca”. ¿Una sugerencia? Reclutar a RRHH al comenzar cualquier proceso de branding que requiera implementar valores. Porque se necesita diseñar los procesos que hagan que las promesas sucedan. De esa forma es más factible poner al cliente en el centro ya que “todos estamos en la misma” (y se nos evalúa por lo mismo).
La acción de la performance
Desde que publicamos con Luciano Elizalde LÍDER | EQUIPO | MARCA | PRODUCTO, soy un absoluto convencido de que sin performance todo se cae. La “retórica” tiene un límite y ese límite se llama calidad de la experiencia (y acá, obviamente, incluimos al producto). Acorralar al branding en los límites de la comunicación y el marketing es realmente una pérdida de oportunidad y de efectividad. El branding tiene que ver con incrementar el valor e impulsar el crecimiento.
Y para eso hay que verlo como un proceso de gestión continua y no como un acto ocasional de aggiornamiento estético.

